Margarita García Robayo: “Soy de las que les gusta consumir literatura que te obliga a detenerte, y por eso busco escribir así”
Por: Natalia Consuegra y Juan Camilo Rincón
Créditos de fotografía autora: Alejandra López
La escritora colombiana Margarita García Robayo y la artista, ilustradora e historietista colomboecuatoriana Powerpaola narran el desaliento reiterado ante la vida y, en el fondo, el anhelo de narrar la propia historia de otras maneras.
De vez en cuando Ana recorre la carretera con sus padres, entre la vegetación espesa y viscosa, para visitar la finca Alegría. La joven ha hecho amistades improbables y, en medio de la vida rutinaria, inventa planes porque “los planes salvan”. A veces pasea con Lis, una chica simple que no le exige encajar ni aparentar. Alguna vez fue la mejor amiga de Yoli, la hija de los caseros, porque a su edad la igualdad era posible, y la veía carcajear con la risa de los pobres, “un modo de abandonar el resentimiento y abrazar la resignación”.
En Alegría (Páginas de Espuma), los textos de Margarita García Robayo y las ilustraciones de Powerpaola nos llevan de la mano de esos que tienen “la cara franca, limpia, llena de cosas por hacer” y de aquellas que habitan en la gran mentira. Es que, al final, “uno no está condenado a una sola historia, ¿cierto?”.
Un asunto muy claro en Alegría es el profundo amor por el lenguaje. En muchos momentos de esta novela las palabras tienen un peso muy grande y usted nos hace ver el valor que subyace al hecho de nombrar algo o a alguien.
Para mí eso es lo más divertido, además de escribir: dar con esa palabra que quiere decir exactamente lo que quieres. Puede haber ocho mil sinónimos, pero tú sabes que es una la que corresponde. Yo creo que eso también tiene mucho que ver con cómo —por lo menos en mi casa y quizá en toda Colombia— todavía nos dicen: Ay, el castellano de Colombia, el español de Colombia. No sé si es exactamente cómo lo hablamos o cómo lo usamos, o esa especie de hiperconciencia de que las palabras dicen una cosa y no otra. Me acuerdo que en mi casa se decía eso: Hay una palabra para cada cosa, y no era lo mismo decir corroncho que mañé. Hay un montón de maneras de nombrar las cosas, pero una sola es la que sirve para cada situación y eso es algo que tengo incorporado desde muy chica. Cuando escribo —y en general escribo de cosas que convocan mi historia con mi país, con mi lugar de origen, con el Caribe— me acuerdo de ese rasgo en particular, de cómo importaba cómo se decían las cosas, más que la cosa en sí misma.
¿Y eso se traslada completamente a su escritura?
Yo creo que es algo que está dado naturalmente, pero que además, al escribir, es una fortuna cuando uno puede encontrarlo. En el proceso de escritura es un momento de alegría cuando das con esa palabra; a veces la cambias un montón de veces y quiere decir lo mismo pero sabes que esa no es. Hay algo ahí, te diría que casi sensorial. En cuanto a los nombres, para mí también es simbólico ese tema. En general, yo no nomino. Por ejemplo, la geografía, aunque se entiende perfectamente de qué estoy hablando, pero me parece que ponerle un nombre a algo es muy fuerte; es determinar que se llame de esa manera, y en el caso de estos dos personajes me parecía que sus nombres encerraban una sola posibilidad. Después ellas en el camino tienen dado el derecho a elegir otro —que no es así porque un poco sus destinos están determinados por su lugar de origen—, pero por lo menos con el nombre hay un juego de: Yo no me quiero llamar así, me puedo llamar como me dé la gana, puedo hacer con mi nombre lo que me dé la gana. Yo quería darle esa suerte de ligereza y de libertad, que no tengan el peso de un nombre.
Cuando usted habla de la finca Alegría, alguien dice que es un nombre con una intención premonitoria, pero que también puede ser un designio. ¿Cada palabra dicha tiene consecuencias?
Por un lado es eso —o lo que uno querría que fuera—, porque al nombrar un lugar Alegría, por ejemplo, estás poniendo un montón de expectativas ahí: la intención premonitoria. Pero también tengo el recuerdo de que en Colombia —eso lo hablé mucho con Paola cuando hacíamos el libro— tenemos esta tendencia a los nombres eufemísticos. Y uno ve la cantidad de pueblos que se llaman Las Delicias, La Esperanza, contrastados con la realidad súper violenta que a veces uno ve en la televisión: Masacre en Las Delicias. Es como que uno quiere conferirle una cualidad a un lugar, de la que en realidad carece. El eufemismo es todo un lenguaje nacional, lenguaje de origen, de mi casa. Nombrar las cosas por lo que uno querría que significaran, pero en realidad no es eso.
Usted construye una atmósfera de aire siempre caliente —un pueblo de dragones—, donde circula poco el aire, y parece no haber horizonte. Esa sensación física se traslada a una condena psicológica. ¿La naturaleza funciona como destino?
Me parece muy importante el tema del calor, en la literatura en general, y creo que hay un montón de ejemplos de situaciones en las que el calor determina de alguna manera las conductas y el comportamiento de los personajes, tanto como en la vida real. Hay todo un párrafo acerca del calor que me encantó rememorarlo porque yo sí creo que eso determina mucho cómo se comportan las personas en estos pueblos que conocemos a la perfección —Colombia y Latinoamérica están llenas de este tipo de pueblos—. Con Paola también hablábamos de eso; ella me decía: Yo no fui a ese lugar, pero siento que lo conozco; es como que puede ser cualquier pueblo, esta cosa de la vegetación tan presente, tan exuberante. Cuando escribía el libro me acordaba de un cuento de Stephen King, que luego lo hicieron serie, donde un pueblo se queda atrapado en una especie de domo.
Creo que se llama Bajo el domo.
Sí; ahí había algo magnético de lo que no podían escapar. Estar rodeado de algo tan superior a uno, tan inmenso. Meterse en la selva es como que te traga un animal, que estás adentro de la barriga y que huele; todo es tan vivo, la vegetación, los mosquitos, que parece un ser vivo que quiere devorarte. Yo tengo muchos recuerdos de estar en contacto con esa vegetación y cómo eso determinaba las conductas de las personas. Era la sensación, tal como dices, de agobio, de no poder salir de ahí. Yo vivo ahora en un lugar que es puro horizonte —un millón de otros problemas— donde la sensación de agobio no está; hay una especie de falsa sensación de libertad porque tienes el horizonte abierto.
Usted lo denomina “una falsa promesa”.
Lo he dicho en otros libros: la geografía del mar, por ejemplo, estar frente a él y pensar que está lleno de promesas del mundo, de allá afuera. En realidad lo que nos pasa a quienes vivimos o crecimos frente al mar, es que todo nos llega de afuera y uno nunca puede salir. Yo sí creo que la geografía y la naturaleza obran de maneras completamente insospechadas y desmesuradas en el comportamiento de la gente. Por eso me interesaba retratar esa cosa de la selva como un animal o como una especie de muralla húmeda y viva que te rodea.
Su novela dialoga con otras narrativas donde la naturaleza es determinante —Los abismos de Pilar Quintana, La sed se va con el río de Andrea Mejía, El monte de las furias de Fernanda Trías—. ¿Qué lugar ocupa lo agreste en su escritura?
Hay en general una presencia de la naturaleza; todo está relacionado. En esta novela no constituye una presencia amenazante; cuando uno ve lo verde piensa en oxígeno, en libertad, la posibilidad de mezclarse con algo bueno, pero la naturaleza muchas veces puede ser una amenaza, algo contra lo que tú sientes que perdiste la batalla desde el minuto uno porque no puedes contra eso, te chupa y te trae; me interesa mucho esa idea. Recuerdo un libro infantil —que es lo que más leo en los últimos años— sobre una niña a la que le dicen siempre que ordene el cuarto y ella no lo ordena y no lo ordena, entonces el cuarto se va convirtiendo. Un día ella se levanta y vive como en una selva, quiere agarrar sus zapatos y no puede porque hay una serpiente y un mono en el medio. Pensaba en la sensación de vivir así; hay una serie de cosas que te llevan a estar de repente en un lugar del que no puedes escapar. Me interesaba la singularidad de sentirse atrapado, pero por algo contra lo que tampoco se puede batallar, que sería la naturaleza.
También está la idea de no poder escapar, de que todos parecen resignados a lo que les tocó. Pero, al mismo tiempo, Lucho aparece con su cara “limpia, llena de cosas por hacer”, y Ana dice que la vida consiste en salir, en fugarse de una misma y mirar otras cosas. Es como si, pese a lo ineludible, todavía quedara una posibilidad de cambiar de vida.
Lo que está ahí insinuado es que la única manera de salir es rompiendo el sistema. La una sale, se va a la selva y se hace guerrillera; la otra toma una serie de decisiones que podrían pensarse equivocadas, pero todo el tiempo tratando de romper con aquello de lo que quiere irse y que no sabe muy bien qué es, y termina volviendo y condenada a una suerte de la que quiso escapar siempre; se va afuera y queda embarazada. Es una historia que encierra esa ilusión de posibilidad.
Que está muy presente en la adolescencia.
Ser adolescente también consiste en querer rebelarse, escapar y no resignarse. Yo creo que la tristeza del adolescente tiene que ver con que en el fondo sabe que quizás es una expectativa hueca, eso de: Quiero romper con todo, no quiero ser hijo de mis padres, odio a todos, me quiero ir, odio este país, pero en el fondo persiste la sensación de que no hay escapatoria. Ellas hicieron cosas en pos de eso, pero finalmente cada una a su manera terminó signada por su origen, que es quizá la denuncia de este retrato. Yo vuelvo a Colombia, a mi ciudad y veo a mis sobrinos con las mismas ansias de escapar de su lugar, de sus afectos o de sus circunstancias, sobre todo en un sector de clase media donde esa posibilidad parece cierta.
Dice que “A cierta edad la igualdad parece posible porque hay poca conciencia del entorno” y habla de otros temas como las mujeres que venden a sus hijas o el evangélico que “tiene a los niños como uno de sus vicios”. Lo interesante es que usted narra sin discursos.
Es mi mayor ambición. Para mí la virtud en la literatura, la que busco, la que leo, es la síntesis profunda, poder decir con muy poco. Es encontrar las palabras, el modo preciso que me permitan decir. Mi gran enemigo es el derramarse, la verborragia, gastar páginas y páginas para convencer al lector de una situación que podría resolverse en dos frases. Me encanta eso; es como una estética por la que trabajo mucho y me gusta encontrarla, que uno diga una frase y se entienda un mundo. Quizá por eso me encanta la poesía, porque es la síntesis de algo que dice muchísimo y que te tienes que quedar pensando: ¿qué fue lo que me quiso decir acá? Me muero cuando veo un libro así, lleno de marcas o subrayados; a veces te metes en un libro y pasa y pasa, y nunca subrayas ni una coma porque la historia te comió hasta el final. También tienes esos libros en los que te detienes, subrayas y piensas. Soy de las que les gusta más consumir esa literatura que te obliga a dete

